
Llegan los tiempos de movimiento en las cocheras, de corrillos en la puerta del retén y de promesas que van más rápido que un bus en la cuesta de Cuatro Vientos. Y hay cosas que, por mucho que pasen los años, nunca cambian: la tentación de algunos de convertir el sindicalismo en un mercadillo donde se compran votos y afiliaciones a cambio de humo.
El chollo que nunca llega
Ya nos conocemos todos. Llevamos muchos años al volante como para saber distinguir entre el compañerismo real y el sindicalismo de despacho. Aparecen los de siempre con la carterita llena de favores particulares, colocaciones a la carta o soluciones mágicas para problemas que, curiosamente, ellos mismos han contribuido a enredar.
Te venden la moto con una sonrisa de oreja a oreja y te prometen el oro y el moro a cambio de una firma o de una papeleta. Pero la realidad, compañeras y compañeros, es que la letra pequeña de esos favores siempre la terminamos pagando el resto con recortes en nuestros derechos, peores condiciones y convenios bastante pobres.
Sindicalismo de moqueta frente al asfalto
Hay quien confunde un sindicato con una gestoría o con una agencia de colocación de amigos. Se olvidan de que la verdadera fuerza de una organización de clase no se mide por cuántas cuotas se arranquen a base de chantaje emocional o favores bajo cuerda, sino por la dignidad con la que se plantan cara a los abusos de la empresa.
La compra de votos y de afiliaciones a base de falsas promesas es una falta de respeto absoluta a la inteligencia del trabajador. Nos tratan como si fuéramos tontos, como si una palmadita en la espalda y un «tú tranquilo que ya te arreglo lo tuyo» fuera a borrar las carreras para poder hacer la hora, los turnos partidos imposibles o la falta de respeto a nuestra salud.
Hagamos memoria: del radiador a la puerta
Hagamos memoria de verdad. Recordemos aquella huelga de 45 días, la más larga del sector, y los momentos duros que pasamos. Recordemos quién se pasaba el día entero pegado al radiador y quién o quiénes se pasaban el día entero en la puerta. Recordemos quién no aparecía ni por casualidad cuando las cosas venían mal dadas, y quién estaba haciendo otras cosas muy alejadas de pelear por los derechos de la plantilla. Porque a la hora de la verdad, mientras unos daban la cara al pie del tajo, otros calentaban la silla bien lejos del asfalto. Las caretas, tarde o temprano, se caen solas.
La dignidad no se vende
Un sindicato de verdad, como Somos Sindicalistas, se construye desde la base, con la verdad por delante y con las manos limpias. No necesitamos comprar voluntades porque defendemos lo que es de justicia para todos por igual, no para el amiguete del carné de turno.
Compañeras, compañeros: no nos dejemos embaucar por cantos de sirena en época de elecciones o de tensiones sindicales. Quien hoy te compra con un favor interesado, mañana te vende al mejor postor cuando hay que pisar la calle de verdad.
Hagamos memoria, valoremos quién está siempre al pie del cañón —sosteniendo el volante cuando vienen mal dadas— y defendamos un sindicato libre, transparente y limpio. Porque nuestra voz y nuestra dignidad no tienen precio.
Por un servicio seguro, responsable y humano.
Somos Sindicalistas
Firmado: Javier Barragán 6.0