Aquel martes parecía tranquilo hasta que se subió la señora Rosario con dos bolsas de la compra del tamaño de un remolque. Se sentó en primera fila, justo detrás de mi puesto.
A los tres kilómetros, un ruido extraño empezó a sonar abajo, por la zona de la rueda derecha: “¡Cric, cric, cric!”. Yo, mosqueado, aguzaba el oído. ¿Un rodamiento? ¿La amortiguación? El autobús tenía pocos meses, no era normal. Al llegar al siguiente semáforo, el ruido seguía: “¡Cric, cric!”. Preocupado por la seguridad, me giré hacia el pasaje y solté por el micro: «Señores, disculpen, noto una vibración rara en el chasis, voy a tener que llamar a talleres…».
En ese momento, la señora Rosario me miró con cara de culpa, metió la mano en la bolsa del mercado y me dijo:
—“Ay, hijo, no llames a nadie… Que es el grillo de la jaula que le he comprado a mi nieto, que se ha emocionado con las curvas del polígono”.
Todo el autobús estalló en carcajadas. Menos mal, porque explicarle al mecánico que el fallo del motor se solucionaba con un poco de lechuga habría sido duro.