En el tablón de anuncios de la sala de descanso, alguien había colgado un cartel escrito a mano: «Favor de no tocar el interruptor de la pared. Es el termostato invisible».
Durante tres años, nadie lo tocó. Era el «botón mágico». Si tenías calor, mirabas el interruptor y te quejabas. Si tenías frío, lo fulminabas con la mirada. Curiosamente, en cuanto alguien se quejaba, el clima parecía mejorar por pura sugestión colectiva.
Hasta que llegó el nuevo becario, un lunes a las ocho de la mañana. Sin preguntar, sin miedo y sin respeto por la leyenda urbana, pulsó el interruptor. No pasó nada. Ni aire frío, ni calefacción, ni una alarma. Solo un silencio sepulcral en toda la sala.
Todos los veteranos se quedaron paralizados, mirando el interruptor como si fuera una bomba desactivada. El becario, ajeno al drama, se encogió de hombros y dijo:
— «Solo quería encender la luz del pasillo, que estaba oscuro».
Aquel día, el jefe de planta entró en la sala, se quitó el abrigo y dijo: «Qué bien se está hoy, ¿verdad? Se nota que funciona el mantenimiento».
El becario sonrió. Los demás, simplemente, volvimos a bajar la vista a nuestros cafés. A veces, la mayor parte del trabajo sindical y laboral consiste en saber qué botones tocar… y, sobre todo, saber cuándo es mejor dejar los interruptores en paz.